Julio, 15 de 2014
La mayoría de los países latinoamericanos asesorados por el gobierno de Estados Unidos pusieron en marcha dispositivos de inteligencia durante las dictaduras militares, éstos tenían dos características principales: primero, que el trabajo de inteligencia dependía exclusivamente de las Fuerzas Armadas, toda la producción quedaba en manos de los militares. Segundo, el uso tenía un fin abiertamente político, lo que permitía mayor eficiencia para la persecución de los opositores a los regímenes dictatoriales, más claramente identificar la disidencia ideológica para su eliminación. (Por Abel Irala, Serpaj Py) El monopolio de la inteligencia militar favoreció al mantenimiento de los gobiernos dictatoriales proveyéndoles información fidedigna y certera para frenar las insurrecciones populares, lo que en realidad significaba para la dirigencia política y social de oposición una criminal persecución, el encarcelamiento, el exilio, la tortura y la muerte. Nadie puede negar que los sistemas de inteligencia fueron útiles para mantener gobiernos hostiles, identificar, perseguir, eliminar la disidencia y para la ejecución de golpes de Estado. Haciendo un salto en el tiempo hacia los regímenes democráticos en los países latinoamericanos, valdrían estas preguntas: ¿en democracias endebles qué función real tendrá un sistema de inteligencia? ¿Han acabado los violentos golpes para transformarse en blandos o suaves? ¿Cuán útil sería contar con información de inteligencia para perpetrar planes de crisis políticas en escenarios determinados? A finales de los 90 e inicios del siglo XXI los Estados de diferentes países, ya bajo una democracia formal, consideraron necesario un resurgir de los sistemas de inteligencias y a la vez una reconceptualización de los mismos para poder incluirlas como parte de la política estatal y con cierto grado de legitimidad. Esa reconceptualización viene acompañada de la idea de que los Estados modernos necesitan un sistema de inteligencia, diferente al que se conocía (monopolio militar y persecución política). Otro de los fundamentos utilizados es que los Estados puedan desarrollar trabajos de inteligencia para determinar las reales amenazas que a estos les afecta. En la redefinición de la actividad de inteligencia, se propone superar las “huellas del pasado”, o la función que cumplió la inteligencia principalmente en los gobierno dictatoriales. Hay casi un consenso acerca de que las amenazas del mundo de hoy están marcadas por el terrorismo, narcotráfico, el delito organizado, y que deben ser materia prima central de los sistemas en cuestión. Casualmente estas amenazas no difieren mucho de las definidas por el Comando Sur de los Estados Unidos que indican como desafíos para la seguridad y estabilidad de los países: “la pobreza y desigualdad, corrupción, terrorismo, crimen, drogas ilegales, desastres naturales” (United States Southern Command Strategy 2018). Con este proceso histórico desarrollado hasta el momento, actualmente podemos definir o encontrar algunas dificultades: