Demostrá empatía a tu hija o hijo, es decir, ponete en su lugar, tratá de comprender lo que siente y piensa, desde lo que está viviendo en ese momento.
La empatía se educa, y un ejemplo claro de ello se da cuando un niño hace algo malo o causa daño a alguien, en ese momento los padres pueden hacerle tres preguntas evitando así dejar pasar el problema: Cómo crees que se ha sentido el amigo al que has perjudicado
Con estas tres simples preguntas se puede educar al niño en la empatía y la sociabilidad, de la misma forma que para la voluntad y la determinación hay que educar en la perseverancia. Normalmente, los niños cuando están estudiando un problema de matemáticas, por ejemplo, enseguida se frustran cuando no consiguen la solución.


La paternidad responsable, implica la construcción de un vínculo de confianza y amorosidad que va más allá de un involucramiento activo de los padres en la provisión de recursos económicos y materiales para la educación, salud y la recreación de sus hijos e hijas
Acá te dejamos un par de consejos para ser un papá confiable:

La diferencia consiste en que hables con tu hijo y no a tu hijo. Si sólo hablás vos, estás dando a entender que no te importa lo que opine tu hijo/a. Antes que hablar es preferible conversar.
Los interrogatorios no nos brindan información sobre lo que viven, sienten, piensan, anhelan o temen los/as adolescentes. Para salirnos del hábito de interrogar y reemplazarlo por el de conversar, es preciso soltar el control. Porque el interrogatorio es una forma de control, tiene su origen en la desconfianza y pone al/a la adolescente bajo sospecha. De este modo, la mesa está servida para que estalle el conflicto.
Las preguntas cerradas son aquellas que no dejan mucha margen de respuesta porque para responder basta un simple No, Sí, No sé. Si sólo hacés preguntas cerradas el diálogo no fluye y la conversación se agota en un abrir y cerrar de ojos. Las preguntas abiertas, en cambio, dan la oportunidad de intercambiar pareceres, saber lo que la otra persona piensa, siente, desea, etc.
Ya no son lo que eran, y nos toca a nosotros cambiar el chip, adaptarnos y crecer. Cuando les seguimos tratando como si fueran chiquitos/as, no se sienten validados/as ni respetados/as como los/ las adolescentes que son.
Una alternativa a las órdenes son los acuerdos. Llegar a un acuerdo significa que ambas partes se comprometen a algo en pos de encontrar lo mejor para las dos. El acuerdo implica que una parte cede y la otra también. Es un buen ejercicio de interés, empatía, confianza y respeto mutuo. Se puede pactar sobre horarios, salidas, hábitos, etc.
Expresar lo que sentimos, necesitamos o queremos puede ser una alternativa a las acusaciones, a los juicios o a poner etiquetas del tipo “sos un/una maleducado/a, desconsiderado/a, irrespetuoso/a, etc.”
Estar en desacuerdo o escéptico no es motivo para querer cambiar a la otra persona.
Crecer no es fácil y duele. El sentirse juzgado/a y, por ende, no comprendido/a empeora aún más las cosas. Intentar comprender lo difícil que puede ser hacerse adulto/a, puede facilitar y alivianar el proceso.
Los consejos o moralejas son la manera más segura de poner fin a una conversación. Una alternativa a dar consejos es escuchar e intentar recordar cómo te sentías cuando vos eras adolescente, cómo te hubiese gustado que te traten, te hablen y te respeten.
La mirada que pone el foco únicamente en el peligro o el riesgo pierde de vista la potencialidad positiva de la adolescencia con su enorme riqueza, contribución y compromiso.
En lugar de castigar, podemos fomentar la idea de que todos nuestros actos y decisiones tienen consecuencias, de que somos responsables de las mismas y, por tanto, también de su reparación. La reparación no es un castigo, tampoco conlleva dolor, sufrimiento ni humillación. Se trata de que el/la adolescente asuma la responsabilidad de sus actos y repare el daño causado. Otra pista: Lo ideal sería que estas reparaciones, proporcionales a la falta cometida, sean establecidas de mutuo acuerdo.
Aún si tu hijo/a llega a decir cosas que te ofenden o duelen, no significa que te dejó de querer. No te lo tomes personal. El/ la adolescente necesita romper con las estructuras y las figuras de autoridad para después poder reconfigurar o rearmar las suyas propias. Hacerte la víctima no ayuda a nadie y sólo empeora las cosas. Acordate de que el adulto sos vos.
Aunque es normal enojarse, no necesitamos enojarnos para ser firmes o poner límites. Incluso podemos demostrar firmeza y vulnerabilidad a la vez. Esta actitud da más elementos que el enojo para el buen desarrollo del/la adolescente.












La cuestión de la discriminación por las diferencias es un tema que atraviesa profundamente las relaciones humanas.
En este cuento que te proponemos, observamos cómo un grupo de ovejas, que en principio habían tenido una conducta poco solidaria y excluyente con la oveja gris, se cuestionan su actitud discriminatoria luego de que ella sea solidaria. Te sugerimos crear un espacio de escucha con las niñas y los niños, y luego leerles el siguiente cuento escrito por una niña de 11 años:
Preguntas que pueden ayudar a la conversación:
Cuando hablamos entre familias, madres, padres, cuidadores, que pueden ser tías/os, padrinos/madrinas, abuelas/os, educadoras/es y sale el tema de nuestros hijos e hijas, niñas/os o adolescentes, podemos usar diferentes palabras para mencionar cómo queremos o cómo soñamos que sea SU vida. Sin embargo, lo que nos hace iguales es que siempre queremos cuidarles; deseamos que puedan vivir una vida mejor que la que nosotras/os vivimos en nuestra época. Deseamos que tengan una vida más fácil, más organizada, más alegre, de mejor calidad, que no tengan que hacer tanto esfuerzo como nuestros padres y madres, o como nosotras/os mismas/os lo hacemos hasta hoy.
¡Es decir, queremos que sean felices! Que sean buenas personas, sanas y realizadas.
Algo que debemos tener en cuenta, como madres, padres, cuidadoras/es es que nuestra manera de vivir hoy es algo que va a tener un impacto directo en cómo viven nuestros hijos e hijas y más todavía cómo van a decidir vivir sus propias vidas. Esto nos empuja a pensar en sus derechos y sus obligaciones como personas que viven en una sociedad organizada.
Ser madres, padres, cuidadoras/es no es un trabajo fácil, no se aprende en ninguna escuela ni universidad; casi siempre se aprende haciendo, y claro, tenemos nuestros errores y nuestros aciertos. La mayoría de las veces creemos que lo mejor fue aquello que nuestros propios cuidadores nos enseñaron y tratamos de repetir lo mismo, con todo el amor y las ganas de cuidar que sentimos por nuestras hijas e hijos.
Algo que nos pasa muy frecuentemente es que, a pesar de que decimos que la época que viven nuestras hijas e hijos es diferente de la nuestra, no conocemos o no sabemos realmente, cómo es el mundo que viven y creemos que como personas adultas, y responsables de ellas/os ante la ley y la sociedad, podemos obligarles a hacer las cosas como creemos que “deben ser”, según lo que aprendimos. Inevitablemente, para la mayoría de las personas adultas; el mundo y las costumbres cambian muy rápido. Esto no siempre es malo, muchas veces cambian las costumbres, para tener mejores condiciones para los seres humanos. Algo necesario es aprender, aceptar y tolerar lo nuevo y lo diferente, para que podamos cumplir nuestros roles/trabajo de darles amor, cuidado y protección y que ellas/os puedan ser mejores personas y ciudadanas/os responsables.
Acá viene la gran pregunta que todas/os necesitamos hacernos y responder honestamente: ¿cuál creemos que es la clave para ayudar a nuestros hijos e hijas, niñas, niños y adolescentes, a ser personas más felices y realizadas?
Quiero compartir con ustedes lo que yo creo que es un camino para eso, y no es solo mi opinión, sino que está basado en observación de vidas y en evidencias que nos dan los estudios sobre el progreso de las personas, las familias y las comunidades, y hasta les podría decir que es mi propio testimonio de vida.
La educación, como una meta de vida y como una forma de buscar mayor bienestar es un camino real y posible. Las personas que acceden a un nivel de educación más alto tienen más posibilidades de vivir mejor. Esto tiene relación directa con las posibilidades de salir de la pobreza. Es una manera de cambiar las vidas de las siguientes generaciones. No estamos condenadas/os a ser pobres toda la vida, una generación detrás de otra… Aspirar a vivir mejor es un derecho que tenemos todas las personas.
Tampoco estoy hablando de grandes cambios en poco tiempo. Tenemos que pensar en cómo vivieron y qué pudieron estudiar nuestros abuelos, luego nuestros padres y madres y nosotras/os mismas/os, para planear y buscar qué y cómo podemos lograr que nuestros hijos e hijas lleguen al nivel siguiente de educación. Si nuestros padres o madres pudieron terminar la primaria, a lo mejor nosotras/os pudimos completar la secundaria, y podemos aspirar a que nuestros hijos e hijas hagan estudios técnicos, para alcanzar un oficio profesional, y así para adelante.
Acá es muy importante resaltar también el tema de la igualdad de derechos y oportunidades entre mujeres y varones. ¿Por qué? Porque en nuestra cultura, y en la mayoría de las culturas de todo el mundo, las mujeres tienen un trabajo principal en la crianza de los hijos e hijas, aparte de que estén trabajando o no fuera de la casa también. Hay mucho para cambiar en nuestras costumbres, para que la responsabilidad de la familia sea más compartida entre todas las personas que viven en ese lugar llamado hogar o nuestra casa. Lo ideal es que todas y todos, lleguen a una educación más alta. Lo que ya se sabe hoy es que una mujer más educada, tiene una familia más sana, tiene hijos más tarde, decide tener menos hijos y esto facilita que la siguiente generación sea menos pobre.
En este punto es donde ponemos en el centro de nuestra conversación el tema de la Educación Integral de la Sexualidad (EIS) como parte de la necesidad de una vida más plena y más realizada para todas las personas. Sabemos que esta cuestión nos pone nerviosas/os a la mayoría de las madres y los padres, porque tiene relación directa con la sexualidad, y mucha gente, cuando piensa en sexualidad, se imagina solamente una relación sexual, tiene solo la imagen de dos cuerpos juntos. La sexualidad es mucho más que eso. Los seres humanos somos complejos, somos una mezcla de muchos aspectos que nos convierten en eso que somos cada uno de nosotros. Somos un cuerpo, y también emociones, sentimientos, comportamientos, creencias y valores. Tenemos una historia personal y aprendizajes que vamos sumando durante toda nuestra vida. Por eso, somos seres únicos, podemos ser parecidos, pero nunca totalmente iguales a otros. Esto es bueno porque nos enriquece como grupo, como familia y como sociedad. No todas las personas tenemos que ser de una sola manera, cada una puede encontrar su propia forma de estar y ser en la vida. Esto también es un derecho que tenemos.
Cuando hablamos de Educación Integral de la Sexualidad estamos hablando de información que nos da la ciencia, que siempre se está actualizando, que es realista, que explica y enseña sobre el sexo y las relaciones interpersonales, que tiene que ver con lo que es importante en nuestra cultura y está de acuerdo con la edad de las personas que son nuestro objetivo de educación y formación. No es decir qué está bien o qué está mal. Con esta información aprendemos a conocernos a nosotras/os mismas/os, aumentar nuestra autoestima y se hace importante entender el relacionamiento y las condiciones necesarias para construir vínculos saludables. Esto nos permite tomar decisiones relevantes para nuestras vidas. Entre éstas, la decisión de realizar o no un acto sexual, tomando en cuenta las responsabilidades y los riesgos que surgen de esta decisión, para nuestra salud y para nuestra vida presente y futura. Lo que se desea es que las personas que toman esta decisión estén bien informadas y sepan muy bien lo que están haciendo. No tiene nada que ver con conductas inmorales, sino que se fomenta el entendimiento entre las personas y el respeto a cada una de ellas. Se enseña también a aceptar y no discriminar a las personas, ya que todas las personas somos diferentes y elegimos para nuestras vidas lo que nos hace bien y lo que nos permita ser de verdad, nosotras/os mismas/os.
Es muy importante saber que las madres, padres, cuidadores/as no tenemos la obligación de saber todo y en este tema en particular, todas/os tenemos nuestras limitaciones. Lo bueno es entender que podemos buscar ayuda en otras personas, profesionales, grupos y organizaciones que nos pueden apoyar para aprender y para hablar sobre la Educación Integral de la Sexualidad con confianza y seguridad. Hoy tenemos muchos lugares y recursos para hacer esta tarea de amor, cuidado y protección con nuestras/os niñas, niños y adolescentes. Entre estos recursos a los que se puede acudir por información, consejos y capacitaciones, podemos contar con:
Finalmente, ¿qué pensamos y cómo hacemos cuando somos familias que cuidamos?
¡Principalmente, nos ocupamos! Nos ocupamos de revisarnos a nosotras/os mismas/os, como cuidadoras/os, de aceptar nuestras limitaciones y pedir ayuda, de aprender lo que necesitamos y responsablemente cambiar y ajustar nuestras ideas y prácticas, para acompañar las vidas de nuestras/os niñas, niños y adolescentes, quienes, además de nuestro amor, necesitan cuidado y protección. Es una tarea desafiante y al mismo tiempo muy satisfactoria.
María Josefina Ríos V.Lic. En Psicología, R.P. No. 129. Dra. en Psicología – Consultora Independiente. Teléfonos: Particular: (59521)507-855 Celular: +595971-929960 Emails: acuariapy@hotmail.com majosefinarios@gmail.com . Skype account: maria_josefina_rios
Desde el año 1988, cada 1 de diciembre se conmemora el “Día Mundial de lucha contra el SIDA”, el cual fue proclamado por la OMS (Organización Mundial de la Salud) como fecha para recordar a las más de 40 millones de personas que han perdido la vida por causas relacionadas al SIDA, lo que la convierte así en una de las pandemias más destructivas de la historia de la humanidad.
Alrededor de esta fecha, no sólo recordamos a los fallecidos, sino también se reconocen los avances en el acceso universal a la salud y se reflexiona sobre los desafíos y barreras que aún persisten y que condicionan que todas las personas con VIH accedan a todos sus DDHH y logren una mayor y mejor calidad de vida.
El impacto del SIDA ha sido de tal magnitud que obligó a una movilización de recursos y de comunidades sin precedentes. De hecho, el 1 de diciembre es la primera vez que se incluye en el calendario de las NNUU una fecha que conmemora una enfermedad.
El SIDA por lo tanto no sólo es un problema de salud pública, en cuanto que afecta la salud de las personas, sino que al tener un impacto desproporcionado en personas jóvenes y en edad reproductiva (la principal vía de trasmisión es la sexual) esto ha afectado una franja de edad de la población productiva y reproductiva, incrementando las condiciones de pobreza de los países.
Por otro lado, las personas con VIH no sólo deben soportar la carga de la falta de salud y muerte asociados a la naturaleza crónica de la enfermedad (infección crónica mortal en sus inicios antes de la terapia antirretroviral introducida a mediados de la década de los 90), sino que también deben gestionar la enorme carga de estigma y discriminación que se asocia a esta condición de salud.
En las últimas décadas se ha avanzado enormemente en el acceso al tratamiento, lo que ha permitido a las personas con VIH tener una calidad y expectativa de vida similar al resto de la población. Sin embargo, este enorme avance a nivel sanitario no fue acompañado con la eliminación del estigma y la discriminación relacionado con la condición de vivir con el VIH. En muchos casos, el efecto del estigma puede ser mucho más devastador que el mismo efecto del virus.
Muchas personas con VIH siguen temiendo el rechazo de sus familias y parejas, la pérdida de sus trabajos y de sus proyectos de vida.
Según el Índice de Estigma y Discriminación en personas con VIH realizado por la Fundación Vencer en el 2017, las personas con VIH experimentan situaciones de discriminación en diferentes escenarios;
7 de cada 10 personas con VIH han reportado algún hecho de discriminación sufrida a manos de una tercera persona (rechazo, exclusión, violencia verbal y/o física).
8 de cada 10 han experimentado creencias y emociones negativas hacia sí mismos posterior al diagnóstico (vergüenza, culpa, baja autoestima, resentimiento, etc.)
4 de cada 10 han reportado alguna barrera para el acceso y disfrute de sus DDHH en diferentes ámbitos (acceso a la vivienda, el trabajo, la educación y la justicia).
Por lo expuesto, podemos afirmar que el VIH no sólo es un problema de salud o económico, sino también es un verdadero desafío en el ámbito de los DDHH.
En este contexto, la respuesta al VIH debe ser multisectorial, es decir, los efectos de la pandemia del VIH sobrepasan al ámbito sanitario y exige una respuesta y articulación entre diversas políticas como la eliminación de la pobreza, igualdad de género, igualdad entre las personas, educación, trabajo o justicia entre otros.
Asumiendo que la principal vía de transmisión es la sexual, donde 9 de cada 10 casos de VIH se explica por contactos sexuales sin protección y que el estigma es un resultado de ideas y creencias erróneos relacionados con el VIH y con las personas que viven con el virus, no podemos obviar el rol fundamental de la educación como instrumento de cambio de actitudes y comportamiento, de promoción de conductas preventivas (uso del condón) y de toma de decisiones informadas sobre el ejercicio de la sexualidad en especial en adolescentes y jóvenes. Por otro lado, también es una herramienta de cambio social, ya que si esta educación posee un abordaje desde los DDHH y de género sirve como un medio para prevenir los prejuicios que son el germen de las conductas de discriminación y violencia.
Por lo dicho, es fundamental que el Ministerio de Educación reconozca su rol intransferible en esta tarea y su aporte fundamental en la Respuesta Nacional al VIH. Sin embargo, este rol no ha sido cumplido por esta cartera de gobierno, que ha negado de forma sistemática la introducción de la Educación Integral de la Sexualidad en el sistema educativo, negativa basada en posiciones sectarias e ideológicas.
La Educación Integral de la Sexualidad es un abordaje pedagógico imprescindible en el campo del VIH y SIDA, el cual ha sido un reclamo no sólo de las organizaciones civiles que trabajamos en el ámbito de la salud y de los DDHH, sino también de otros ministerios como el de Salud Pública y el de Niñez y Adolescencia.
Solo logrando esta articulación de políticas, esfuerzos y voluntades, sobrepasando posturas sectarias, se podrá lograr una verdadera respuesta al VIH integral, articulada y efectiva, en beneficio de la población paraguaya.
Martin Negrete
Psicólogo y Master en Salud Pública
Coordinador General de la Fundación Vencer
“Cuando caminás por la calle te sentís intimidada por los comentarios obscenos que te dirigen los hombres al pasar. Te subís al transporte público, un tipo se te “arrima” mientras las personas alrededor fingen no darse cuenta. En la reunión de trabajo te interrumpen abruptamente por quinta vez al intentar presentar tu proyecto. Describís tus síntomas en la clínica de salud y te recomiendan que vayas a casa y te relajes, al parecer “sólo querés llamar la atención” según el diagnóstico del médico… Las anteriores son tan sólo algunas de las situaciones que nos ocurren a muchas mujeres. Nos referimos a acciones o comentarios que, de manera sutil o descarada, intencional o no, nos minimizan, descalifican, cosifican, silencian y agreden por el hecho de ser mujeres.
Estos gestos, dichos, conductas y actitudes de violencia sutil son llamados micromachismos ya que, por la cotidianidad con la que se ejercen, suelen pasar desapercibidos.”
Pero no son MICRO-machismos, son un problema enorme.
Del libro No son Micro Machismos de Claudia de la Garza y Eréndira Derbez.
Te invitamos a encontrar los cuatro machismos cotidianos en las imágenes
Ilustraciones: Naomi Zelaya / @mi.jha.len


«No creo que todo tenga que ver con el sexo. Y por supuesto que sos normal. Tenés dieciséis años. No se supone que tengas las respuestas a todo”. Esta cita pertenece a la Dra. Jean F. Milburn, personificada por Gillian Anderson en la serie de Netflix, Sex Education. Milburn, una terapeuta especializada en sexualidad además de ser la madre del protagonista, se convierte en la divulgadora de sexualidad en el colegio Moordale tras un brote de clamidia en la primera temporada. Esto hace que las y los adolescentes se cuestionen lo que se presenta como única verdad y lidien con sus problemas actuales.
¿Qué es lo que hace a esta serie tan maravillosa? Más de una vez, mis amigas y yo, que tenemos alrededor de 28 años, expresamos: “Imaginate lo que hubiéramos hecho con esa información”, o “si a mí me explicaban esto, no me hubiese equivocado así”. La serie nos encanta pero nos hace entrar en una espiral de contrafácticos que no se terminan. Y es que a los dieciséis años, a todas nosotras, que somos blanquitas y privilegiadas, en el colegio nos enseñaron que si tenías relaciones sexuales tu destino podía volverse súmamente oscuro: o te embarazás joven o te morís.
Nuestra generación creció llena de miedos. Miedo a interactuar con el propio cuerpo, a conocerse, a perdonarse y a comunicarse con los demás. Vuelvo todo el tiempo a la figura de Jean para comprender por qué nos gusta tanto la serie. La doctora Milburn, a través de un acercamiento psicoanalítico y con un enfoque feminista de la educación sexual, logra un equilibrio saludable entre los componentes emocionales y sexuales de las relaciones humanas. Sé que ya introduje “la palabra prohibida”, pero quedate un rato más conmigo, lector, lectora, prometo responder tus dudas a lo largo del artículo.
Pensemos por un momento lo que era tener quince años y experimentar las primeras formas de deseo. ¿Qué te pasaba en el cuerpo cuando te gustaba alguien? ¿Dónde encontrabas respuestas a tus preguntas? ¿Las encontrabas realmente? ¿Sabías cómo administrar ese deseo? ¿Sabías siquiera lo que significaba “desear” a alguien más? ¿Alguna vez te explicaron que tenés derecho a decir “no” en cualquier momento cuando algo no te gusta o te incomoda? ¿Que no necesitás “llegar hasta el final” de cualquier situación sexoafectiva si no te gusta cómo avanza la situación? ¿Que es mejor preguntar qué le gusta al otro antes que adivinar y cometer errores en el proceso?
La educación sexual nunca estuvo tan a la altura como en Sex Education, en la que no solo nos muestran el costado vincular de las y los adolescentes sino también el de las personas adultas, y cómo las segundas abordan con cierta contradicción la educación de sus hijos e hijas. En este artículo voy a tratar de demostrar por qué enseñarles nociones básicas del feminismo a niños, niñas y adolescentes puede mejorar su salud sexual y hasta salvarles la vida. Aquí les va una historia que no es de amor.
Corría el año 2009, yo estaba en noveno grado. Un chico que era dos años mayor que yo me inventó un apodo y me lo gritaba en los pasillos. Moñái. El tercer hijo de Taú y Keraná, uno de los monstruos legendarios de la mitología guaraní. Es un monstruo con cuerpo de serpiente y dos cuernos de colores. Cuando abría la imagen en el monitor de mi Windows 95 (no existía el Photoshop para cortar y pegar), miraba mi reflejo en la pantalla y trataba de ubicar mi cabeza a la altura del Moñái a ver cómo me quedaba. Este pibe, en su programa de radio también se refería a mí como Moñái, y sus compañeras, que en ese tiempo mucho no me querían, se apropiaron también del término.
Con ese grupo, hacer lo que más me gustaba: bailar, cantar y actuar, era un acoso permanente. En su momento, no supe ponerle al fenómeno la palabra bullying. Por un lado, porque mi idea del bullying tenía más que ver con lo que había visto en televisión: grupos de chicas vestidas de rosa que te desterraban de su círculo, o chicos que te sacaban el almuerzo, te humillaban delante de tus compañeros y te metían la cabeza en el retrete. Pero el bullying del que no se habla, el que opera sutil como una cuerda invisible, es el que ahorca.
Uno de mis sociólogos franceses favoritos se llama Pierre Bourdieu. En 1998 publicó un libro titulado La dominación masculina. De él quiero tomar una definición que me sirvió mucho para comprender uno de los mecanismos que perpetúan la relación de dominación masculina: la violencia simbólica. Bourdieu explica que esta violencia simbólica se ejerce esencialmente a través de los caminos puramente simbólicos de la comunicación y del conocimiento o, más exactamente, del desconocimiento, del reconocimiento o, en último término, del sentimiento.
Esto tiene que ver con cómo, a través de categorías del pensamiento, uno se piensa a sí mismo, al mundo y la relación entre el mundo y los individuos. Estas categorías, según explica Bourdieu, no son impuestas, sino que coinciden con las categorías desde las que el dominador define y enuncia la realidad. Se trata de una vía simbólica porque su poder reside precisamente en que es invisible. ¿Qué pasa cuando la violencia aparece como difusa, invisible y silenciosa? Nos volvemos testigos de un proceso de normalización de la violencia.
Por ahora esto es todo lo que voy a decir respecto a la violencia simbólica. Mi historia con el apodo sigue así: Un día, recibí una carta anónima en mi casillero. Era larga y tenía una letra lo suficientemente legible para entender que se trataba de una suerte de “declaración de amor”. Me asustó porque era bastante explícita y parecía venir de alguien que me observaba mucho. Al principio, no se lo conté a nadie porque, en medio de todo esto, había un lío bárbaro en mi grupo de amigas y algunas decidieron hacerme la ley del hielo. Un poco sentía que me lo merecía.
Las cartas aparecieron una tras otra, todos los días por una semana, hasta que el pibe vino a dármela en la mano. Era el mismo que me había inventado ese apodo espantoso. Si aquí pudiera ponerle una pausa al curso de la historia, volvería mil veces para decirle a esa Juli de quince años que se ponía el flequi al costado y usaba pantalón desgastado porque creía que así se parecía más a Avril Lavigne: por acá no es. Tenés derecho a pedirle que deje de molestarte. Tenés derecho a contarle que no te gusta lo que te hizo pasar.
Pero esa Juli le dijo que lo perdonaba y que podían ser amigos. Ese chico no entendió el mensaje. Siguió insistiendo por meses. Yo decidí dejar de salir al recreo para no cruzármelo pero él encontraba la forma de entrar a la clase y sentarse cerca mío y tratar de generar algún tipo de contacto físico incómodo. Yo me culpé un montón por no poder enunciar un “no” contundente, pero años más tarde, ya en mis veinte, hablando con amigas me di cuenta de que a todas nos cuesta dejar de ser complacientes. Esto es lo que nos enseñaron a hacer.
Estaba, entonces, en el festival de rock que organizaba una de las promociones de mi colegio para recaudar fondos. La violencia simbólica se convirtió en explícita: este chico me envolvió en un abrazo que era más bien una camisa de fuerza e intentó besarme en contra de mi voluntad. Mi actitud corporal era claramente la de una persona que quería salir de ahí. Pero no me dejaba. Y aquí llega el momento Sex Education de la historia. No sé cómo, ni por qué, pero en ese momento, una compañera con la que siempre discutía sobre la existencia de Dios, se acercó, le inventó una excusa al pibe y me sacó de ahí.
Ella es como la Maeve de esta historia, ese personaje más avanzado que sabía leer las intenciones en los ojos de los demás. Tenía catorce años pero ya sabía lo que era el consentimiento. Y yo era Aimee, inmadura y complaciente. A mí me tomó 10 años más acercarme a esa idea y comprender que durante siglos, este sistema contribuyó a posicionar a las mujeres desde un diferencial de desprestigio en relación a los hombres, construyendo un contexto de vulnerabilidad que hoy se enuncia como violencia de género o violencia machista. Y que eso también es feminismo.
Y todavía más años me tomó comprender que no se trata solo de “hombres” y “mujeres” sino de lugares de poder. Como en el bullying, donde hay una búsqueda por reafirmar prototipos de masculinidad o como en el acoso, donde los roles de género y las identidades juegan un papel preponderante en la generación de brechas y asimetrías. Los modelos de referencia en los que se apoyan los medios de comunicación, así como las pautas de comportamiento que proyectan, contribuyen a perpetuar el orden establecido al mismo tiempo que tienden a reforzarlo.
Ok, Juli, esto tiene que ver con el feminismo, ¿pero qué tiene que ver con la educación integral de la sexualidad? Vivimos en un país que mantiene desde el 2013 hasta el 2019 un promedio de dos partos diarios de niñas de entre 10 y 14 años, como resultado de los abusos sexuales. 2.273 adolescentes de entre 15 y 19 dieron a luz por segunda vez y 280 adolescentes de 15 a 19 años dieron a luz por tercera vez y más, según los datos de La Infancia Cuenta Paraguay (ICP) 2020.
El servicio Fono Ayuda 147 del Ministerio de la Niñez y la Adolescencia (MINNA) registró entre 2014 y 2019 un incremento del 76% en la recepción de notificaciones de vulneración de derechos de niñas, niños y adolescentes; pasando de 3.357 llamadas en el 2014 a 5.912 casos denunciados en el 2019 y alcanzando 5.060 en 2020. Las instituciones educativas son un eslabón clave en la identificación de vulneración de derechos de niñas, niños y adolescentes, y la pandemia contribuyó a que parte del sistema de protección no funcionara.
En cuanto al acceso a la justicia, en todo el país hay un promedio de 13 denuncias por día por incumplimiento del deber alimentario: 30,8% de todos los casos ocurrió en el departamento Central. En relación a adolescentes en conflicto con la ley penal, el Mecanismo de Prevención de la Tortura denunciaba en su informe de 2020 que las torturas y malos tratos prevalecen dentro del “sistema de castigos” de los centros educativos. Solamente un 22,8% de adolescentes en privación de libertad en 2020 contaba con una condena.
A veces es más fácil leer números tan crudos como estos que empatizar con las feministas que salimos a las calles a exigir igualdad de derechos. Para todos y todas. Para todes. Con esa E incómoda, inclusiva que molesta. Con esa E de empatía que tiene tres puntas y tres filas paralelas como la de los cuerpos abrazados, como la de los dedos cuando se entrelazan. No sé si ya a esta altura te perdí, lector, lectora, porque estás comenzando a descubrir cómo pienso. Pero para que te quedes tranqui, esta definición del feminismo no es algo que digo yo.
Rita Segato, escritora, antropóloga y activista feminista argentina considera que la masculinidad es un mandato que exige a los varones que constantemente pongan a prueba sus atributos: potencia bélica, potencia sexual y potencia económica. “El mandato de masculinidad es un mandato de violencia, de dominación. El sujeto masculino tiene que construir su potencia y espectacularizarla a los ojos de los otros. O sea, la estructura de la masculinidad, la estructura de género, la estructura del patriarcado son análogas a la estructura machista. Son como el guante a la mano. El mandato de masculinidad le dice al hombre que espectacularice su potencia ante los niños, ante los compañeros, ante los primos, ante los hermanos, delante de los ojos del padre, en sociedad”, expresa.
Para Segato, la relación entre varones expresa este mandato de masculinidad y las mayores violencias, sobre todo, hacia las mujeres y niños. Ocurren cuando los varones están en bandas, porque es algo que tiene que ser demostrado: la capacidad de crueldad ante los ojos de los otros, de los pares, de lo que Rita llama la “cofradía masculina”. Hago una pausa aclaratoria para quienes se sienten atacados con esta afirmación: No, no son todos los hombres y no, el feminismo no busca demonizar a los hombres, tampoco busca lesbianizar a la población.
Pero si queremos ponernos concretos: de acuerdo al Observatorio de Violencia de Género del Centro de Documentación y Estudios, en Paraguay de enero a noviembre de este año hubo 52 femicidios. Esos son cincuenta y dos asesinatos de mujeres motivados por el odio, el desprecio, el placer o el sentido de pertenencia de las mujeres. Entonces, ¿estamos fabulando las feministas? ¿O en serio las mujeres vivimos rodeadas de una violencia sistemática y estructural invisible?
Vuelve a aparecer esa palabra… invisible.
Esta semana, autoridades nacionales entre las que se encontraba Teresa Martínez, Ministra de la Niñez y la Adolescencia en el país, presentaron un estudio titulado Invisibles a plena luz. En él exponen que más de 16.000 niñas y adolescentes conviven con un hombre adulto. El estudio demuestra que hay una estrecha relación entre las llamadas “uniones tempranas” (las mujeres, por ley, pueden casarse desde los 14 años y los varones desde los 16), el embarazo adolescente, la pobreza y la deserción escolar.
Gladys Larrieur, ginecóloga infantojuvenil y adolescente y jefa del departamento de Ginecología del Hospital de Niños Acosta Ñu me dijo que hay que romper con la desinformación que empieza desde abajo. “Si los y las pediatras acercaran el conocimiento a las familias, estas podrían enseñarles a sus hijas e hijos a valorar el área genital y enseñarles acerca de los cuidados que deben tener. Pero no solo eso, sino también de respeto, de los límites del consentimiento y de disfrute de la zona genital. Todo eso es algo que tiene que ir cambiando pero tiene que ir desde abajo”, expresaba.
La salud social, emocional o mental de los niños y niñas alrededor del mundo se vio afectada por la pandemia. En Paraguay aumentaron los casos de maltrato infantil y violencia intrafamiliar además de los intentos de suicidio en la población de entre 15 a 24 años. La Dirección de Vigilancia de la Salud detalló que el 35% de los suicidios ocurren en esta franja juvenil (523 hombres y 191 mujeres), y en el grupo de 25 a 44 años, ocupa el 33% de estas muertes.
Lourdes Zelaya, psiquiatra y ex titular del departamento de Salud Mental del Acosta Ñu describió la importancia de enseñar a los niños, niñas y adolescentes el significado de una caricia y la distinción entre una caricia y un tacto que incomoda. Así como también el valor de contarle a alguien cuando están pasando por un mal momento y que pueden recibir ayuda. “Nosotros hablamos del impacto que tiene la violencia en el cerebro del niño y tratamos de explicar a los padres qué pasa cuando un niño está sometido a una situación. Por ejemplo, ser testigo de violencia de pareja debería ser considerado un tipo de maltrato infantil”, apunta.
En los casos de maltrato infantil, sin importar el tipo, en un 18% las víctimas repiten las conductas violentas. Eso está científicamente comprobado (no lo digo yo, lo dice la ciencia). Por otro lado, pueden tener trastornos de personalidad, depresión, psicosis, estrés postraumático, abuso de drogas, maternidad temprana, disfunciones sexuales. Las consecuencias son altísimas, y a nivel cerebral, como el cerebro es la centralita del organismo, debido a sus conexiones también se afecta el sistema inmunológico. Por lo tanto, ese niño o niña tiene una predisposición mucho más alta de sufrir infecciones, su expectativa de vida baja, y además tiene un altísimo porcentaje de intentos de suicidio.
Esperá, lector, lectora, hay más. Cuando se discutió el nuevo Plan de la Niñez y la Adolescencia 2020-2024, un sector de padres, preocupados por el devenir de la educación de sus hijos e hijas, planteó que se estaba queriendo instalar una “agenda LGBT” desde el Ministerio de la Niñez y la Adolescencia. Y entiendo por qué las familias creen que necesitan proteger a sus hijos e hijas, lo único que conocen acerca del feminismo y los colectivos de la diversidad sexual y de género es lo que representan los medios de comunicación en nuestro país. Tal vez creen que la educación con enfoque feminista de los niños y niñas los podría convertir en depredadores sexuales o en víctimas de depredadores sexuales.
Y esto no es culpa suya, sino de las instituciones, como los medios de comunicación, y como un Estado que no se ocupó de sancionar leyes anti-discriminatorias o de identidad de género. Paraguay sigue siendo el único país del Mercosur sin una ley contra toda forma de discriminación, y los transfemicidios no están incluídos en la ley N° 5777 de protección integral a las mujeres, contra toda forma de violencia. Entonces sus muertes no cuentan.
Hace un año, con mi amiga y colega Romina Aquino escribimos esta nota, y en la entrevista, la Ministra de la Niñez y la Adolescencia, Teresa Martínez, sostuvo: “Si la cultura que vamos a cambiar es la violencia, pues tenemos que cambiar. No podemos seguir permitiendo que los niños sean objetos de propiedad de los padres para todo tipo de abusos y explotación”. La patria potestad cambió entre los años 2000 y 2001 con la creación del Código de la Niñez y la Adolescencia e implicó un cambio conceptual muy importante.
Josefina Ríos, de Familias por la Educación Integral en el Paraguay (Feipar) nos decía: “Nosotros tenemos una cultura tradicional que ha considerado siempre a los hijos como propiedad de los padres. Ese concepto cambia cuando se le empieza a mirar al niño como un sujeto de derechos, y al ser un sujeto de derechos, mis derechos terminan donde empiezan los tuyos”.
¿Quiénes son los actores?, se preguntaba Rubén Urbieta, de Feipar. Los propios niños, los jóvenes, las instituciones públicas, las oficinas que atienden, los que les dan servicios a niños, niñas y jóvenes, la familia. Pero, en general, es básicamente un acuerdo mínimo. “Los abusos, la violencia, el exceso de drogas, abuso sexual”, seguía Rubén, “hay en todos lados, sean ricos o pobres. Ahí es donde un plan o una ley juegan un rol fundamental. Hay acuerdos mínimos que tenemos que lograr entre un extremo y el otro”.
Creo que aquí tocamos uno de los puntos de inflexión: el problema es que en lugar de entendernos nos antagonizamos. Lector, lectora, llegó el momento de confesarte algo que no es ningún secreto: soy feminista. Soy feminista porque creo en que un lugar con acceso a la tierra, la salud, la educación y el trabajo es posible para todos y todas. Pero también el acceso a la cultura, al arte, al pensamiento crítico.
Soy feminista porque no quiero que ningún otro niño o niña pase por discriminación racial, étnica, o de género. Porque quiero que se terminen los crímenes de odio hacia los colectivos LGBT+. Porque quiero que los y las adolescentes manejen toda esa información que yo, en su momento, no tuve. Y que hagan con ella lo que deseen. Porque quiero ver a mis amigas y amigos convertirse en grandes profesionales sin sentir que su género y su identidad son obstáculos para alcanzar sus metas personales. Porque siento, desde lo más hondo de mi corazón, que esto no solo es algo que quiero sino que es posible
El 25 de noviembre es el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer y mujeres diversas de distintos puntos del país se congregan para exponer las violencias visibles y las invisibles y para plasmar un mensaje sobre las consecuencias de las violencias que sufren las mujeres. Pero no solo marchamos por nosotras, también por y con las poblaciones marginalizadas, también por la erradicación del mandato de la masculinidad y el maltrato infanto-juvenil.
La educación sexual integral es una de las llaves para lograr que nuestra sociedad cambie y no solo que la gente reconozca los derechos de las mujeres sino también la existencia de las personas de la diversidad sexual y de género y que la sociedad celebre esta diversidad, que suma y enriquece. La protección del Estado y el cambio que produce la ley en el imaginario social nos pone en una posición de ciudadanos y ciudadanas con los mismos derechos.
Mientras escribo este artículo, en algún lugar hay una adolescente que no sabe cómo decirle a su novio que no le gusta cómo la besa cuando está delante de sus amigos. Hay un pibe que resuelve todas sus dudas mirando pornografía. Hay una niña que piensa que es gorda porque en el colegio se burlan del talle de sus pantalones. Hay un niño al que le gustan otros niños pero tiene miedo de decepcionar a su familia. Lector, lectora, no te sorprendas si te digo que esto no es ficción. Sino que es real y que, alguna vez, también nosotros fuimos estos niños.
Juliana Quintana
Argenguaya y periodista migrante. Soy Licenciada en Comunicación Social, por la Universidad Austral y Magíster en Periodismo de Investigación, por la Universidad del Salvador. Soy periodista de El Surtidor y La Precisa y corresponsal de noticias LGBT en Agencia Presentes en Paraguay. Desde el 2016 investigo a la violencia obstétrica y me interesa la cobertura ciencias, géneros y diversidades LGBTIQ+. Fui becaria de Cosecha Roja y de la 5ta generación de jóvenes periodistas en Distintas Latitudes. Organizo el Slam de Poesía En Voz Alta en centros culturales desde el 2017
Luego de más de 10 años de criar a tres (dos niñas y un bebé), comprendo que esto se trata de dejarse traspasar por la experiencia, una danza entre manejar información adecuada y darles cabida al instinto e intuición. Cuando logramos el equilibrio, las cosas salen mejor. Y acá les comparto un poco de lo que venimos danzando Jorge y yo.
A nivel interno los desafíos de la crianza nos tocaron muchas fibras; cuando no opusimos resistencia nos dejamos empujar a ese vacío en donde no quedó de otra que desmontar estructuras mentales, una caída libre donde no te salva ninguna identificación: ni progresistas ni conservadores, ni nada. Donde las etiquetas más que ayudar, limitan.
Todo cambió en consecuencia. Algunas veces respondimos con definiciones radicales como renunciar a nuestros trabajos estables o mudarnos de ciudad porque el otro sistema ya estaba caduco para nosotros; otras con procesos paulatinos pero inapelables como el cambio de paradigma de la salud integral. En ningún caso lo racional fue protagonista (lo cual no significa que estuvo ausente).
La cuestión es que casi todos los espacios de la vida están copados por esta dimensión, entonces, si queremos restituir su lugar a lo intuitivo necesitamos desprogramarnos y esa es una tarea titánica en esta cultura que endiosa al neocortex. En mi caso, tengo claro que ese predominio alimentó las poderosas resistencias que oponía al inicio y que no me dejaron atravesar de manera más fluida la crianza de mis hijas e hijo. Siempre creí que lo correcto o adecuado era ser racional, pero con ellas, con él, aprendí y sigo aprendiendo a reconciliarme y darle su lugar a mis intuiciones.
El nacimiento, la lactancia y las analogías posteriores
Este es el hilo del cual voy a tirar para compartir mis aprendizajes hasta el momento. De mis tres cesáreas la única justificada fue la tercera y esta, a su vez, estuvo determinada por las secuelas de las dos anteriores que fueron -no me cabe duda- innecesarias. Yo que obsesivamente leía todo cuanto encontraba para entender la fisiología del parto, la importancia de que sea natural, me dejé fagocitar por un sistema montado para que todo termine así: super intervenido y acorralando la dimensión que debe primar: la del instinto, con el médico en segundo plano, observando, acompañando, interviniendo lo menos posible.
Criar también requiere de estar informada sobre las etapas evolutivas, qué esperar y qué no esperar de ellos a edades determinadas, pero es necesario parar de leer en un punto y entender a la niña y al niño concreto que tengo delante. Si Pauli (6) grita y llora cada vez que le pedimos que recoja sus juguetes y zapatos, respiro 10 veces y le pregunto qué necesita para luego juntar todo. Ella, haciendo pucheritos me dice: necesito más cariñito de vos. Ahí entiendo que me pasé el día gestionando todo como autómata (limpiando, ordenando, respondiendo mails). Le miro, le hago masajes y le ayudo con algunas de sus cosas.
Con información acumulada, (sobre el parto, la crianza, la vida y sus momentos, en síntesis) muchas veces tomé la bandera de lo natural y respetado, escribí argumentos encendidos en las redes sociales, pero en un punto sentí que el nivel de militante de la información es un estadio por superar. Ahí no estaba la verdadera conexión.
Victoria (10) me enseñó mucho de eso. Ahora está en plena preadolescencia, con una madre ávida de acercarle todo lo que ella necesita saber sobre los cambios físicos y emocionales que va y que irá experimentando. Pasó que un día me preguntó sobre una transformación concreta en su cuerpo, yo aproveché y comencé a hablar, además, de menstruación. Pero ella me detuvo y me dijo con amabilidad que esa parte no me preguntó.
Me hizo notar cómo cada tanto es bueno revisarse porque aún siguen en pie los resabios de aquel patrón -el ego- que busca hacer demostraciones de la madre progre que soy en detrimento de lo que ella concretamente necesita de mí en ese momento. Por eso criar también es estar atentas y atentos, presentes, escuchando sus necesidades, saber discernir hasta dónde y cuáles son nuestras verdaderas motivaciones de intervención para luego responder en beneficio de ellas y ellos.
Criar con intuición es saber eliminar objetos y opiniones innecesarias
Mis tres experiencias de puerperio y lactancia también fueron etapas de mucho aprendizaje sobre la soberanía de mi cuerpo, de lo que les estaba dando. Darles la leche que se producía en mí era más que buen alimento, era también entrega física, emocional y el cuidado justo que necesitaban en ese momento de sus vidas. Que yo sentía que necesitaba entregar.
La primera experiencia inició con un camino pedregoso cuando, una vez más, nos movimos con la vieja programación de que es otro el que sabe más y no yo que pongo el cuerpo y las emociones. Cuando el cansancio llegó al límite, suspendimos todo lo que nos dijeron, cerré los ojos y permití que mi beba mamara por horas, no por 15 minutos como me instruyeron, y la paz vino a nosotros. Comprendí que lo que hice fue aquello que todas las expertas en lactancia materna denominan: a demanda, sin relojes, sin horarios.
Del mismo modo, cuando no teníamos idea del concepto de colecho optamos por esa práctica que nos salvó de noches de insomnio, extenuación y llantos sinsentido. Años más tarde intentamos usar cuna de nuevo con la segunda beba porque… ¿la costumbre?, pero, otra vez, no fue funcional para el momento de crianza que estábamos atravesando.
Mamás y papás necesitamos apoyo para llegar a determinaciones libres que son las que, finalmente, dan paz. Pero apoyo no es opinión o crítica, de lo contrario nos movemos porque siempre se hizo así, porque la gente mayor o en su rol de académico lo dice, y solo acumulamos quebrantos -en niños y adultos – que nos privan del disfrute que sí es posible.
Tampoco nos funcionó usar carrito, ni dejarles llorar hasta el cansancio, ni mamaderas, ni modelos únicos de alimentación, ni muchos artefactos y hábitos que circulan en el espectro. Por eso solo podemos recomendar cuestionar todos los paradigmas, para despejar lo que enturbia la mirada en el trayecto super único que debe recorrer cada familia.
Pandemia. El exceso de convivencia y la necesidad de tomar perspectiva
Con un nuevo bebé (2) la pandemia nos condicionó en muchos sentidos, pero si hablo de crianza diré que nos vimos envueltos en una locura de aglomeración casera. Nuestra paciencia no estuvo en su mejor momento. Con el boom de lo virtual, lo doméstico copó todos nuestros espacios, los límites de las distintas dimensiones de la vida se tornaron difusos. Con una mano tecleábamos las respuestas laborales y con la otra revolvíamos el teté de los hijos.
Nos sentimos exhaustos en ese sentido, sobrepasados por momentos, sin relevos. Ante esta realidad ¿Qué medida encontramos para paliar los efectos de este mal de barco que nos pone mal predispuestos para encarar lo cotidiano? Tomar perspectiva. Esto significa propiciar como sea momentos para alejarse física y mentalmente de la casa y del exceso de responsabilidades domésticas. Salir a caminar, si es posible sin celular, sin intentar ocupar de nuevo la mente con estímulos externos. Turnarnos para tener este espacio.
Así dejé de responder de mala manera y entendí que si Victoria me pide 10 veces al día que le peine y recoja el pelo, tal vez es su manera de sentir que estoy para ella sola. Revisé mi enfoque, empecé a responderle de otra manera, con amabilidad, lentitud y plena atención, solo lleva 15 segundos. Limité los “no puedo ahora” solo a un par de veces cuando realmente estoy enredada con otra labor. Es probable que en poco meses o semanas ella deje de hacer ese pedido, y extrañaré que me necesite para eso.
También tomando perspectiva empecé a valorar de otra manera que Pauli me solicite un vaso de agua luego de un largo día cuando acabé de preparar su cama, apagar la luz, arroparla y despedirme hasta mañana. Con ese vaso de agua pide también mi presencia, mi confirmación de atención para ella sola, así que acepté que me lo pedirá durante un tiempo y luego no más, y sé que lo extrañaré cuando eso ocurra.
Cuidarse para cuidar mejor
Llevar un diario personal es una práctica de salud mental recomendable. Se trata de tener algo propio, íntimo y dejarse nutrir por la mística que genera el cuaderno, el escribir a mano. Darle su tiempo y espacio al acto de plasmar las emociones, ayuda a despejar la mente, a clarificar lo que a una, a uno, le pasa. Las niñas y niños se merecen adultos despejados mentalmente, que puedan, desde ese lugar, atender sus necesidades.
Es decir, si nos cuidamos, también cuidamos mejor de ellas y ellos. El modo en que yo enfrento cada tramo de la vida, afecta a mis hijas e hijo, no solo porque escuchan y sienten lo que vibra en mí a cada instante. Sino que esto, a su vez, me predispone de una u otra manera para el siguiente paso con ellos.
Así que lo verdaderamente radical es criar siendo personas adultas que se hacen cargo de su salud emocional, un proceso mucho más demandante que escribir un diario (aunque puede ser el puntapié o el apoyo). La pandemia echó luz sobre mucha sombra; quienes se animaron a mirar encontraron que había tanto más por hacer a nivel personal. Entendamos, por fin, que en los espacios públicos somos la suma de nuestros dolores interactuando.
Con la crianza constaté que los seres humanos somos un manojo de niñez herida; que incidimos en el mundo, ya adultos, con esos pendientes a cuestas. En un artículo llamado «los niños» Barret citaba a Carriére: ¡no golpeéis, no injuriéis a vuestros hijos! Hace siglos que los hombres se devuelven los golpes que recibieron cuando niños. Y los golpes los damos todos, hasta quienes nos creemos buenos. Tomar consciencia de esto es la única manera de hacernos humildes y permitir que la experiencia nos transforme para cuidar mejor.
Magali Casartelli
“Estudié Ciencias de la Comunicación porque al terminar el colegio pensé ‘me gusta escribir, creo que esa carrera es para eso’. Pero la verdad es que con el tiempo entendí que me gustan muchas otras artes, además de escribir. Pude elaborar mejor esto que me pasa con el hecho de que me gusten muchas cosas luego de leer sobre el concepto de ‘personas multi apasionadas’. Si quieren saber más de mis pasiones, estoy en @sutilfloresprensadas.”
Hemos sido testigos en estos últimos días del importante protagonismo de adolescentes y jóvenes de distintas regiones del mundo, incluyendo una adolescente indígena del Brasil, participando activamente en la reciente Cumbre sobre Cambio Climático COP26 (noviembre/21).
En el entendimiento de que niñas, niños y jóvenes de hoy son quienes más sufren y sufrirán los estragos del calentamiento global, sus voces fueron escuchadas con atención por las autoridades y su activa participación tuvo gran repercusión en redes sociales a nivel mundial. Por primera vez, hubo un reconocimiento formal de la necesidad de reducir el uso de carbón, la fuente de energía más sucia, y limitar el calentamiento al objetivo crucial de 1,5 grados. Estos logros en la reciente Cumbre no son, sin embargo, ni de cerca suficientes, pues no revierten el problema ya que, hoy mismo, muchas personas mueren, poblaciones enteras sucumben con gran sufrimiento humano debido a grandes inundaciones, ocurren grandes quemazones como nunca han existido, destrucciones de hábitats que obligan a migrar, gran cantidad de plantas y animales se extinguen. La humanidad está amenazada y debe despertar. El rol de la niñez, la adolescencia y la juventud ha sido, es y será indispensable para reaccionar y evitar una catástrofe global.
El tema de este artículo no será el cambio climático sino el rol de la niñez y la adolescencia en este tiempo, como sujeto político. Esto que ha ocurrido en Glasgow hubiera sido impensable hace pocos años, pero es resultado de un trabajo de varias décadas. Es la confirmación de su reconocimiento y aceptación como nuevos sujetos sociales y políticos. La frescura de sus planteamientos, la certeza de sus opiniones, la libertad de sus propuestas, la urgencia de sus demandas, son un aire fresco y necesario como el oxígeno en nuestras sociedades viejas.
Esta Cumbre, en realidad, ha sido un fracaso pues la medida que asumieron no alcanza a revertir la amenaza sobre el planeta y la humanidad. Sin embargo, se intenta vender la idea de que ha sido un éxito. ¿Cuál es el discurso de la joven Greta Thunberg?: “No es un secreto que la COP26 es un fracaso”. “Las voces de las futuras generaciones están siendo ignoradas con sus falsas promesas”. “Más compromiso y menos bla bla bla”… Numerosas/os jóvenes de pueblos indígenas del Amazonas y otros lugares de Latinoamérica, de Asia y de distintos países africanos han marchado en Glasgow encabezando la comitiva de esta protesta con manifestaciones como “¿Qué queremos?: Justicia climática!; ¿Cuándo la queremos?: Ya!”. Y agregan: “Lo que debemos preguntarnos es ¿por qué luchamos? ¿Para salvar el mundo o para mantener todo igual? Los líderes pueden seguir en su burbuja, pero la historia los juzgará. Y nosotros no lo aceptaremos”. En América Latina y en nuestro país, Paraguay, tenemos adolescentes jóvenes y luchadores ejemplares, así como excelentes comunicadores/as activos/as en las redes sociales en pro de los cambios que se precisa impulsar. Estas jóvenes personas que admiramos hoy son efecto de un acompañamiento adecuado en sus vidas, respetuoso de su proceso de desarrollo y madurez, en el que han recibido la información que precisan para entender su realidad, para poder mirarla críticamente y para buscar la forma de actuar siendo útiles a sus propias vidas y a las de su entorno.
¿Qué actores han cumplido un rol en el acompañamiento a estos/as adolescentes y jóvenes que hoy admiramos y a quienes necesitamos para el cambio? Veamos:
¿Qué es lo que precisa una niña o un niño pequeño? Una familia que lo tenga en el centro de su atención y lo proteja a lo largo de su crecimiento. ¿Y qué es lo que toda familia con un niño o niña precisa para poder lograrlo? Asegurar vivir en condiciones mínimas: un hogar, salud, educación, servicios de cuidados diurnos, es decir una comunidad organizada que asegure a esta familia los servicios, cuidados, seguridad, espacios públicos, caminos a la escuela protegidos, atención en los peligros diversos que puedan enfrentar. Estas necesidades de niños y niñas son tan vitales, tan imprescindibles para su desarrollo integral, como para el bien de su familia y su comunidad, que por eso están reconocidos como derechos humanos del niño/a. La responsabilidad de los niños y niñas irá creciendo en la medida de su comprensión y su capacidad y, disminuirá recíprocamente la de las personas adultas: padres, madres, maestras, cuidadores/as. Irán aprendiendo con ellos/as a hacerse responsables. Y el principio conocido como autonomía progresiva hará posible que los propios niños y niñas, adolescentes hombres y mujeres, vayan colaborando con sus padres y madres en las actividades y responsabilidades de la familia, de la escuela, así como en el apoyo a su comunidad. Gradualmente, irán conociendo entornos cercanos o fuera de su familia en los que descubrirán otros aspectos de la vida y, con un buen relacionamiento familiar se podrán enriquecer todos. Padres y madres se asegurarán de conocer esos entornos, presenciales o virtuales, y dado que no siempre lo consiguen, existen otras instancias en la comunidad que colaboran con ese cuidado: vecinos, maestras, padres/madres de compañeros/as, amigos/as, sus mismos pares, autoridades diversas, policías, comunicadores/as, etc. Las niñas y niños deben conocer sus responsabilidades desde pequeños/as y las personas adultas deben vincularse con ellos/as con respeto y aprender a dialogar generando confianza en ese vínculo.
Para que todo esto no quede en bla bla bla, como dice Greta, es que el estado aprobó el Código de la Niñez. Este Código obliga a las autoridades municipales, departamentales y nacionales y a los tres poderes del estado, así como a los adultos familiares y cualquier otro adulto, a respetar y proteger los derechos de todo niño/a de 0 a 17 años. Dado que la mejor manera de hacerlo es: organizarse y prevenir, las diversas instituciones deberán dialogar para hacer un buen trabajo coordinado, en Consejos instituidos en los tres niveles de gobierno mencionado en los que analizarán los mayores temas de preocupación para planificar su atención. Y, niños/as y adolescentes, de acuerdo a su madurez, serán escuchados y su opinión tenida en cuenta. Tal como han sido escuchados en Glasgow.
Así podemos explicarnos la manera en que estos/as adolescentes y jóvenes que hoy nos sorprenden por su madurez y su compromiso han sido acompañados por sus familiares y autoridades, y hoy aportan para los cambios que la humanidad precisa.
A nivel mundial, noviembre es el mes de concienciación sobre el cáncer de próstata y por tanto, una oportunidad para fortalecer nuestras voces por el derecho a la salud y la calidad de vida sexual.
A la próstata la encontramos en los cuerpos con biología masculina, debajo de la vejiga y delante del recto. Es frecuentemente del tamaño de una nuez, forma parte del sistema sexual-reproductivo y tiene funciones específicas:
Cuando hablamos de cáncer de próstata nos referimos a cualquier tumor maligno que se origina en dicho órgano. La mayoría de las veces se genera dentro de unas estructuras denominadas glándulas prostáticas. El cáncer de próstata aparece sin ningún tipo de manifestación, por lo tanto su padecimiento en las primeras etapas es imperceptible, situación que hace desfavorable el tratamiento porque, como todo cáncer, si no se detecta a tiempo y si no se reciben los tratamientos adecuados, puede ocasionar la muerte.
En Paraguay, el cáncer de próstata es la primera causa de muerte en personas con órganos sexuales masculinos. Se estima que 1 de cada 7 desarrollará este tipo de cáncer a lo largo de su vida.
Entonces la siguiente pregunta es: ¿cómo se puede prevenir el cáncer de próstata? Lastimosamente tampoco es favorable la respuesta: no existe evidencia que nos indique la causa o el agente causal, y tampoco hay asociación clara con algún hábito de vida o dieta alimentaria. Por ello, por ahora, es imposible prevenir el cáncer de próstata.
Lo que sí se puede hacer es conocer los agentes de riesgo. El primero de ellos es la edad (más del 75% de los casos se diagnostican en mayores de 65 años). Por eso, a partir de los 50 años, toda persona con próstata debe realizarse los estudios para detectar un posible cáncer a tiempo. La ciencia nos reveló también que la genética juega un papel importante: si hay antecedentes familiares existe más probabilidad de padecerlo, por lo que, en este caso, se recomienda a la persona iniciar los chequeos a los 40 años.
Buscando la disminución del riesgo del cáncer de próstata, una investigación de la Escuela de Salud Pública de Harvard TH Chan, publicada en la revista científica ‘European Urology’ en 2019, nos habla de que la eyaculación con una frecuencia de 21 veces al mes minimiza el riesgo en una quinta parte frente a quienes tienen eyaculaciones con menos frecuencia. En este sentido, la eyaculación se convierte en una aliada para reducir el riesgo de cáncer de próstata. Así, es favorable una vida sexual activa, teniendo siempre presente el uso de protección de barrera (preservativos o condones).
El control para detectar a tiempo
La principal estrategia de cuidado son los controles para la detección oportuna del cáncer de próstata. Actualmente, el examen empieza, por lo general, con una exploración de la historia de vida de la persona a través de una entrevista con el o la profesional en urología; luego se indica un estudio llamado PAS – Prueba de Antígeno Prostático Específico (por sus siglas en inglés), que consiste en un análisis de sangre que busca medir una proteína producida por las glándulas de la próstata y con eso detectar anomalías. El siguiente paso puede consistir en una ecografía prostática para evaluar el tamaño de la afección; y por último, una biopsia para detectar si dicha anomalía es efectivamente maligna (cáncer) o benigna, como sucede en la mayoría de los casos.
El cuidado de la próstata, órgano sexual y reproductivo, repercute en la calidad de vida, tanto en la dimensión reproductiva como del placer sexual. Es momento de convertirnos en agentes promotores de la salud y de los derechos sexuales y reproductivos, afrontando miedos que muchas veces alejan a las personas, especialmente a varones heterosexuales, de un adecuado control y tratamiento oportuno. Tampoco podemos dejar de mencionar a las mujeres trans que muchas veces padecen secretamente esta dolencia por las barreras de una sociedad discriminadora.
¡Amá, disfrutá y sé feliz!
Lic. Dahiana Cañete – Psicóloga, Sexóloga y Educadora en Sexualidad – Especialista en: Psicología Educacional, Psicología Clínica y Sexología Clínica – Dirección de Programas para Adolescentes y Jóvenes del Centro Paraguayo de Estudios de Población – CEPEP
En algún momento de la historia reciente, empezamos como humanidad a mirar a los niños, niñas y adolescentes como personas, independientemente de sus progenitores, entornos familiares u otras situaciones en que se encontraran como orfanatos, internados, instituciones de acogida. Los niños y niñas han sido tratados como objetos de sus familias, en algunos casos como pequeños adultos y ese trato ha sido diverso según las sociedades y los momentos históricos, pero en general no habían sido mirados como personas con necesidades y derechos propios y particularmente acordes a su madurez y etapa de desarrollo.
Fue a finales del Siglo XIX que algunos países europeos (empezando por Francia), establecen algunas leyes respecto al trabajo de los niños y niñas e incluyen la necesidad de que sean protegidos y asistan a la escuela. Luego a principios del Siglo XX, numerosos países tanto en Europa como en otras partes del mundo, toman la iniciativa de generar normas de protección vinculadas a niños y niñas, pero no es hasta 1924 que en el seno de la Sociedad de las Naciones (precursor de la Naciones Unidas), se aprueba la Declaración de Ginebra sobre los Derechos del Niño, que expresa que “todas las personas deben reconocer el derecho de los niños a contar con los medios necesarios para su desarrollo, a recibir ayuda especial en épocas de necesidad, a tener prioridad en las actividades de socorro, a gozar de libertad económica y protección contra la explotación, y a acceder a una educación que infunda conciencia social y sentido del deber”.
En 1946 se crea el Fondo Internacional de Emergencia para la Infancia que se convertiría en UNICEF, pensado para socorrer a los niños y niñas huérfanos de las Guerras Mundiales. Dos años después, la Declaración Universal de Derechos Humanos establece por primera vez en un documento internacional, el derecho de las madres y los niños a “cuidados y asistencia especiales”, como también a “protección social”, dando esto pie a la generación de espacios de estudio conformados por representantes de los países, para lograr un consenso sobre la visibilidad de niños y niñas como sujetos de derechos propios, individuales, intransferibles e irrenunciables. Su punto máximo es la promulgación de la Convención Internacional de los Derechos del Niño en 1989, que constituye el primer instrumento internacional adoptado unánimemente por la Asamblea General de las Naciones Unidas.
La Convención establece cuatro principios fundamentales que a su vez dan marco a una serie de derechos civiles, sociales y culturales allí reconocidos. Estos cuatro principios son: principio de no discriminación, principio del interés superior del niño, principio del derecho a la vida, la supervivencia y desarrollo, y el principio de participación y ser escuchado.
El principio del interés superior del niño significa que todas las medidas concernientes a los niños que tomen las instituciones públicas o privadas de bienestar social, los tribunales, las autoridades administrativas o los órganos legislativos, deben estar basadas en la consideración de su interés superior, es decir que debe pensarse en qué sería lo mejor para ellos y ellas en cada una de estas situaciones, pero para esto, lo que tenga que decir la niña o el niño es fundamental para poder determinar ese interés superior. No es suficiente que una persona adulta dictamine lo que crea que es mejor para niñas y niños, sino que se deben considerar sus opiniones a través de una escucha activa.
Los Estados que firman la Convención se comprometen a asegurar a niñas y niños la protección y el cuidado que sean necesarios para su bienestar, teniendo en cuenta los derechos y deberes de sus padres, tutores u otras personas responsables de ellos ante la ley. Es obligación del Estado respetar las responsabilidades y los derechos de los padres y madres, así como para los familiares es obligación impartir orientación apropiada a la evolución de sus capacidades.
La necesidad de reconocer derechos a niñas y niños fue tan grande, que no solo los Estados, sino la Iglesia Católica (así como otras confesiones religiosas) se sumaron a este proceso.
La Doctrina Social de la Iglesia coloca en un lugar de relevancia al niño y la niña, y a sus derechos fundamentales. El párrafo 224 del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia llama a proteger su dignidad y sus derechos: “En la familia, comunidad de personas, debe reservarse una atención especialísima al niño, desarrollando una profunda estima por su dignidad personal, así como un gran respeto y un generoso servicio a sus derechos. Esto vale respecto a todo niño, pero adquiere una urgencia singular cuando el niño es pequeño y necesita de todo, está enfermo, delicado o es minusválido.” En el mismo documento se establece que “Los derechos de los niños deben ser protegidos por los ordenamientos jurídicos. Es necesario, sobre todo, el reconocimiento público en todos los países del valor social de la infancia: Ningún país del mundo, ningún sistema político, puede pensar en el propio futuro de modo diverso si no es a través de la imagen de estas nuevas generaciones.”
A nivel nacional, el interés superior es plasmado en nuestro Constitución Nacional del año 1992 en su artículo 54 “De la protección del niño” donde se menciona a los responsables de garantizar al niño y la niña su desarrollo armónico e integral: la familia, la sociedad y el Estado. Luego este principio se vuelve a plasmar en el Código de la Niñez del año 2001 y en los diversos planes y políticas que conciernen a las niñas, niños y adolescentes como sujetos de derecho.
Los tres actores mencionados en la Constitución Nacional poseen responsabilidades, pero es el Estado el que debe tomar las medidas para garantizar que los derechos sean efectivos, se cumplan y sean gozados por niñas, niños y adolescentes, teniendo como espacio fundamental la familia, el seno familiar. El Estado protege a las familias y es su responsabilidad generar condiciones para que las mismas cuenten con herramientas para garantizar entornos seguros para la crianza y el acompañamiento de acuerdo con la edad y madurez de niñas y niños, en el proceso de adquisición de su autonomía.
Aquí hay dos conceptos importantes vinculados al interés superior: patria potestad y autonomía progresiva.
La patria potestad es ejercida por padres y madres sobre sus hijos en igualdad de condiciones con el derecho y la obligación principal de criar, alimentar, educar y orientar a sus hijos. Estos derechos de padres y madres incluyen transmitir sus valores morales y religiosos, elegir la institución educativa a la que asistan sus hijos, entre muchas otras cuestiones. Cuando en el seno familiar se incumplen estas obligaciones de manera continua y grave, afectando el bienestar psicológico, social o físico de niños y niñas, entonces el Estado interviene a través de sus diferentes órganos: el Ministerio de la Defensa Pública, el Poder Judicial y otros.
La suspensión o pérdida de la patria potestad se da únicamente en situaciones extremas y se busca siempre, con base en el interés superior del niño, que niñas y niños puedan crecer y desarrollarse con personas pertenecientes a sus familias: en caso de no ser la madre o el padre, se buscan tíos, abuelos, hermanos mayores u otros parientes, para que puedan desarrollarse en un entorno familiar. En las políticas públicas se busca siempre, en primer lugar, fortalecer las familias, con la conciencia de que son la base de la sociedad y el espacio de personas ideal para que niñas y niños crezcan y se desarrollen.
El otro concepto asociado al interés superior del niño es el de la autonomía progresiva, que significa que en ese ánimo de que los derechos de niñas y niños prevalezcan, y que ellos y ellas sean escuchados y tenidos en cuenta en las decisiones que les competen, esta escucha activa y la participación en sus propios presente y futuro, deban darse de maneras acordes a su edad y madurez. Esta autonomía se va ampliando de manera progresiva en cuanto van creciendo y desarrollándose. Es decir, la escucha y participación deben adaptarse respetando su edad y madurez.
En los últimos tiempos se han visto cuestionados derechos que se tenían por adquiridos y conquistados. Es importante que comprendamos la necesidad de proteger y garantizar el goce y disfrute de los derechos de niñas y niños, de acuerdo a su edad, madurez y autonomía progresiva.
Las familias somos sus espacios naturales ideales, donde debemos proporcionarles amor, respeto y acompañamiento, además de cubrir sus necesidades materiales. No debemos tener miedo, sino enfrentar la crianza de manera respetuosa para que niñas y niños puedan adquirir herramientas para vidas plenas y felices, formar sus opiniones, ejercitar el pensamiento crítico y prepararse para encontrar soluciones a los problemas que enfrentarán en su futuro.
Versiones amigables de la Convención sobre los Derechos del Niño:
–Para 6 a 8 años
–Para 9 a 11 años
–Para 12 a 14 años
–Para 15 a 18 años
Cuando hablamos entre familias, madres, padres, cuidadores, que pueden ser tías/os, padrinos/madrinas, abuelas/os, educadoras/es y sale el tema de nuestros hijos e hijas, niñas/os o adolescentes, podemos usar diferentes palabras para mencionar cómo queremos o cómo soñamos que sea SU vida. Sin embargo, lo que nos hace iguales es que siempre queremos cuidarles; deseamos que puedan vivir una vida mejor que la que nosotras/os vivimos en nuestra época. Deseamos que tengan una vida más fácil, más organizada, más alegre, de mejor calidad, que no tengan que hacer tanto esfuerzo como nuestros padres y madres, o como nosotras/os mismas/os lo hacemos hasta hoy.
¡Es decir, queremos que sean felices! Que sean buenas personas, sanas y realizadas.
Algo que debemos tener en cuenta, como madres, padres, cuidadoras/es es que nuestra manera de vivir hoy es algo que va a tener un impacto directo en cómo viven nuestros hijos e hijas y más todavía cómo van a decidir vivir sus propias vidas. Esto nos empuja a pensar en sus derechos y sus obligaciones como personas que viven en una sociedad organizada.
Ser madres, padres, cuidadoras/es no es un trabajo fácil, no se aprende en ninguna escuela ni universidad; casi siempre se aprende haciendo, y claro, tenemos nuestros errores y nuestros aciertos. La mayoría de las veces creemos que lo mejor fue aquello que nuestros propios cuidadores nos enseñaron y tratamos de repetir lo mismo, con todo el amor y las ganas de cuidar que sentimos por nuestras hijas e hijos.
Algo que nos pasa muy frecuentemente es que, a pesar de que decimos que la época que viven nuestras hijas e hijos es diferente de la nuestra, no conocemos o no sabemos realmente, cómo es el mundo que viven y creemos que como personas adultas, y responsables de ellas/os ante la ley y la sociedad, podemos obligarles a hacer las cosas como creemos que “deben ser”, según lo que aprendimos. Inevitablemente, para la mayoría de las personas adultas; el mundo y las costumbres cambian muy rápido. Esto no siempre es malo, muchas veces cambian las costumbres, para tener mejores condiciones para los seres humanos. Algo necesario es aprender, aceptar y tolerar lo nuevo y lo diferente, para que podamos cumplir nuestros roles/trabajo de darles amor, cuidado y protección y que ellas/os puedan ser mejores personas y ciudadanas/os responsables.
Acá viene la gran pregunta que todas/os necesitamos hacernos y responder honestamente: ¿cuál creemos que es la clave para ayudar a nuestros hijos e hijas, niñas, niños y adolescentes, a ser personas más felices y realizadas?
Quiero compartir con ustedes lo que yo creo que es un camino para eso, y no es solo mi opinión, sino que está basado en observación de vidas y en evidencias que nos dan los estudios sobre el progreso de las personas, las familias y las comunidades, y hasta les podría decir que es mi propio testimonio de vida.
La educación, como una meta de vida y como una forma de buscar mayor bienestar es un camino real y posible. Las personas que acceden a un nivel de educación más alto tienen más posibilidades de vivir mejor. Esto tiene relación directa con las posibilidades de salir de la pobreza. Es una manera de cambiar las vidas de las siguientes generaciones. No estamos condenadas/os a ser pobres toda la vida, una generación detrás de otra… Aspirar a vivir mejor es un derecho que tenemos todas las personas.
Tampoco estoy hablando de grandes cambios en poco tiempo. Tenemos que pensar en cómo vivieron y qué pudieron estudiar nuestros abuelos, luego nuestros padres y madres y nosotras/os mismas/os, para planear y buscar qué y cómo podemos lograr que nuestros hijos e hijas lleguen al nivel siguiente de educación. Si nuestros padres o madres pudieron terminar la primaria, a lo mejor nosotras/os pudimos completar la secundaria, y podemos aspirar a que nuestros hijos e hijas hagan estudios técnicos, para alcanzar un oficio profesional, y así para adelante.
Acá es muy importante resaltar también el tema de la igualdad de derechos y oportunidades entre mujeres y varones. ¿Por qué? Porque en nuestra cultura, y en la mayoría de las culturas de todo el mundo, las mujeres tienen un trabajo principal en la crianza de los hijos e hijas, aparte de que estén trabajando o no fuera de la casa también. Hay mucho para cambiar en nuestras costumbres, para que la responsabilidad de la familia sea más compartida entre todas las personas que viven en ese lugar llamado hogar o nuestra casa. Lo ideal es que todas y todos, lleguen a una educación más alta. Lo que ya se sabe hoy es que una mujer más educada, tiene una familia más sana, tiene hijos más tarde, decide tener menos hijos y esto facilita que la siguiente generación sea menos pobre.
En este punto es donde ponemos en el centro de nuestra conversación el tema de la Educación Integral de la Sexualidad (EIS) como parte de la necesidad de una vida más plena y más realizada para todas las personas. Sabemos que esta cuestión nos pone nerviosas/os a la mayoría de las madres y los padres, porque tiene relación directa con la sexualidad, y mucha gente, cuando piensa en sexualidad, se imagina solamente una relación sexual, tiene solo la imagen de dos cuerpos juntos. La sexualidad es mucho más que eso. Los seres humanos somos complejos, somos una mezcla de muchos aspectos que nos convierten en eso que somos cada uno de nosotros. Somos un cuerpo, y también emociones, sentimientos, comportamientos, creencias y valores. Tenemos una historia personal y aprendizajes que vamos sumando durante toda nuestra vida. Por eso, somos seres únicos, podemos ser parecidos, pero nunca totalmente iguales a otros. Esto es bueno porque nos enriquece como grupo, como familia y como sociedad. No todas las personas tenemos que ser de una sola manera, cada una puede encontrar su propia forma de estar y ser en la vida. Esto también es un derecho que tenemos.
Cuando hablamos de Educación Integral de la Sexualidad estamos hablando de información que nos da la ciencia, que siempre se está actualizando, que es realista, que explica y enseña sobre el sexo y las relaciones interpersonales, que tiene que ver con lo que es importante en nuestra cultura y está de acuerdo con la edad de las personas que son nuestro objetivo de educación y formación. No es decir qué está bien o qué está mal. Con esta información aprendemos a conocernos a nosotras/os mismas/os, aumentar nuestra autoestima y se hace importante entender el relacionamiento y las condiciones necesarias para construir vínculos saludables. Esto nos permite tomar decisiones relevantes para nuestras vidas. Entre éstas, la decisión de realizar o no un acto sexual, tomando en cuenta las responsabilidades y los riesgos que surgen de esta decisión, para nuestra salud y para nuestra vida presente y futura. Lo que se desea es que las personas que toman esta decisión estén bien informadas y sepan muy bien lo que están haciendo. No tiene nada que ver con conductas inmorales, sino que se fomenta el entendimiento entre las personas y el respeto a cada una de ellas. Se enseña también a aceptar y no discriminar a las personas, ya que todas las personas somos diferentes y elegimos para nuestras vidas lo que nos hace bien y lo que nos permita ser de verdad, nosotras/os mismas/os.
Es muy importante saber que las madres, padres, cuidadores/as no tenemos la obligación de saber todo y en este tema en particular, todas/os tenemos nuestras limitaciones. Lo bueno es entender que podemos buscar ayuda en otras personas, profesionales, grupos y organizaciones que nos pueden apoyar para aprender y para hablar sobre la Educación Integral de la Sexualidad con confianza y seguridad. Hoy tenemos muchos lugares y recursos para hacer esta tarea de amor, cuidado y protección con nuestras/os niñas, niños y adolescentes. Entre estos recursos a los que se puede acudir por información, consejos y capacitaciones, podemos contar con:
Finalmente, ¿qué pensamos y cómo hacemos cuando somos familias que cuidamos?
¡Principalmente, nos ocupamos! Nos ocupamos de revisarnos a nosotras/os mismas/os, como cuidadoras/os, de aceptar nuestras limitaciones y pedir ayuda, de aprender lo que necesitamos y responsablemente cambiar y ajustar nuestras ideas y prácticas, para acompañar las vidas de nuestras/os niñas, niños y adolescentes, quienes, además de nuestro amor, necesitan cuidado y protección. Es una tarea desafiante y al mismo tiempo muy satisfactoria.
Por varias generaciones se ha sostenido que las personas mayores son las que siempre tienen el uso de la palabra, y que las personas menores de edad deben respetar y solamente escuchar, sin brindarles la posibilidad de ser oídas en sus sentires, opiniones o reclamos, cuando en verdad poder ser oídas y oídos teniendo en cuenta nuestro desarrollo, nuestra edad y entendimiento es un derecho consagrado en nuestro país: el derecho a la participación.
La participación se da cuando las personas tienen sus propias iniciativas con acciones en cualquier decisión que les afecte, y se la llama protagónica, porque las niñas, niños y adolescentes dejan de ser vistos como personas que solamente hay que cuidar, sin escuchar, y se vuelven protagonistas, al igual que las personas adultas, de su presente y su futuro.
Si analizamos nuestro crecimiento, vemos que para que un niño o niña aprenda a caminar es necesario que vayamos soltándole la mano de a poco, y que del otro lado esté una persona que la aliente a caminar junto a ella. Cuando hay aprendizaje es porque también hubo incentivo, un espacio para equivocarse, y dejar ser, para que el niño o niña aprenda por sí mismo/a. Si no nos hubieran dado ese empujoncito, hoy no sabríamos realizar las tareas más sencillas del hogar o de nuestro propio cuidado, como bañarnos o limpiarnos solos y solas.
De la misma forma, una persona aprende a desenvolverse en la sociedad de a pasitos. Pues con el tiempo, los seres humanos forjamos una manera de ver el mundo, y de relacionarnos con él. Dicha manera de acompañar el crecimiento de niñas, niños o adolescentes es conocida como autonomía progresiva; la misma implica la toma de mayores responsabilidades y tareas a medida que pasa el tiempo, es decir, ser un poco más independientes a cada paso, teniendo siempre en cuenta nuestras capacidades y nuestro desarrollo.
Para que las personas seamos autónomas necesitamos un espacio que propicie nuestra participación, un espacio en el cual seamos protagonistas de la discusión y no estar relegadas a ser meras oyentes, desvalorizadas por no ser aún personas adultas. Otorgar mayor o menor valor a nuestras perspectivas y puntos de vista según la edad que tengamos es ir en contra del proceso que inicia desde el incentivo a caminar en esta sociedad, como personas partícipes de la misma.
Garantizar la participación protagónica no es olvidar el rol de protección que atañe a las familias y a la sociedad civil, al contrario, es incentivar la formación de personas con responsabilidad social, mirada crítica y por sobre todo, dueñas de su futuro y conscientes de su potencial.
En palabras de Mailen Riquelme, persona adulta que desde adolescente tuvo la oportunidad de ser partícipe de procesos sociales, por tanto desde su adolescencia hasta hoy se encuentra activando en una organización de adolescentes y jóvenes, llamada Somos Pytyvohára, la participación protagónica significó “la libertad de expresar mis saberes, donde me sentí protagonista de cambios, donde mi voz tenía más fuerza”, es notorio el cambio que significa en la autoestima de una persona el sentirse valorada en un espacio.
Otro compañero, Daniel Ortellado, quien también empezó a activar desde la adolescencia expresa que fue, “una oportunidad de darle forma a mis ideas y poder ponerle palabras a tantos anhelos, sentimientos e inquietudes”, la palabra es liberadora, poder ponerle nombre a nuestros sentires nos coloca en una posición diferente ante las situaciones e incluso antes las demás personas.
La participación protagónica es clave en lo que respecta a propiciar la formación de personas, que ejerzan su rol de ciudadanía, así lo expresa Ámbar Giménez, una joven militante “el poder que eso tenía a la hora de ejercer y exigir mis derechos” refiriéndose a sostenerse en un espacio y hacer escuchar su voz.
Niñas, niños y adolescentes más plenas y plenos, que ejerciten la participación protagónica, se convierten en personas adultas que además de estar empoderadas, replican lo mismo y demuestran también a las siguientes generaciones la importancia de reconocerse como actores protagónicos.
Sin dudas, desde mi experiencia puedo afirmar que crecer sintiéndote valorado/a en todo sentido, te cambia la vida y la manera de afrontarla, pues te percibís a vos mismo/a como sujeto de tu propia historia, como pieza fundamental en tu entorno, y como un eslabón importante del cambio.
En todo el mundo, no hay nadie como yo.
Hay personas que tienen algo en común conmigo, pero nadie es exactamente como yo.
Por lo tanto, todo lo que surge de mí es verdaderamente mío porque yo sola
lo escogí.
Soy dueña de todo lo que me concierne.
De mi cuerpo, incluyendo todo lo que hace;
mi mente, incluyendo todos su pensamientos e ideas;
mis ojos, incluyendo las imágenes de todo lo que contemplan;
mis sentimientos, sean lo que sean, ira, gozo, frustración, amor, desilusión,
excitación;
mi boca y todas las palabras que de ella salen, corteses, tiernas o rudas, correctas o incorrectas;
mi voz, fuerte o suave,
y todas mis acciones ya sean para otros o para mí misma.
Soy dueña de mis fantasías, mis sueños, mis esperanzas, mis temores.
Soy dueña de todos mis triunfos y logros, de todos mis fracasos y errores.
Como soy dueña de todo mi yo, puedo llegar a conocerme íntimamente.
Al hacerlo, puedo amarme,
y ser afectuosa conmigo en todo lo que me forma.
Puedo así hacer posible que todo lo que soy trabaje para mi mejor provecho.
Sé que hay aspectos de mí misma que me embrollan, y otros aspectos que
no conozco.
Mas mientras siga siendo afectuosa y amorosa conmigo misma, valiente y
esperanzada, puedo buscar las soluciones a los embrollos y los medios para
llegar a conocerme mejor.
Sea cual sea mi imagen visual y auditiva, diga lo que diga, haga lo que
haga, piense lo que piense y sienta lo que sienta en un instante del tiempo esa soy yo. Esto es real y refleja dónde estoy en ese instante del tiempo.
Más tarde, cuando reviso cuál era mi imagen visual y auditiva, qué dije y qué
hice, qué pensé y qué sentí, quizás resulte que algunas piezas no encajen.
Puedo descartar lo que no encaja y conservar lo que demostró que sí encaja. E inventar algo nuevo en vez de lo que descarté.
Puedo ver, oír, sentir, pensar, decir y hacer.
Tengo las herramientas para sobrevivir; para estar cerca de otros, para ser
productiva, y para encontrar el sentido y el orden del mundo formado por la
gente y las cosas que me rodean.
Soy dueña de mí misma y por ello puedo construirme.
Yo soy yo y estoy bien.
El autocuidado implica cuidar no sólo la salud física sino todos los aspectos de nuestras vidas. Porque la salud va mucho más allá de los medicamentos que tomamos, del historial médico que tengamos o de la genética que heredamos. Claro que es importante cuidar lo que comemos, lo que bebemos y los productos que entran en contacto con nuestra piel.
Pero nuestro cuerpo y nuestra salud registran no sólo los productos a los que nos exponemos sino todo lo que hace a nuestro mundo emocional, mental, espiritual y relacional. Nuestra salud integral guarda relación con cómo pensamos, sentimos, nos hablamos y hablamos a las otras personas, cuánto nos valoramos y valoramos nuestro impulso creativo y vital, cuánto nos respetamos y respetamos nuestra necesidad de descanso, espacio, tiempo y disfrute. Ponernos en el centro de la ecuación importa, no en el sentido egoísta o narcisista, sino en el sentido de empoderarnos y ser responsables de nuestros pensamientos, actitudes, decisiones y acciones.
Autocuidado supone también ser capaces de expresarnos tal y como somos y tener la posibilidad de expresar nuestras necesidades, deseos y límites. Sentirnos a gusto, en confianza y seguridad tiene un alto impacto en la salud de nuestros cuerpos. Por consiguiente, el entorno en el que nos movemos y las relaciones que construimos influyen en nuestra salud más de lo que creemos.
Por el rol social que ocupan en nuestra cultura, muchas mujeres terminan descuidándose para cuidar de otras personas y anteponen las necesidades de estas por sobre las suyas. Este autoabandono, a la larga, resulta perjudicial, para quien cuida y quien es cuidado o cuidada. La Dra. Christiane Northrup dice al respecto que “nuestra cultura ha tergiversado la metáfora del sustento con el fin de que las mujeres se entreguen a los demás sin cuidar de ellas mismas. Las mujeres dan y dan, sin reponerse, hasta que el pozo se seca” y luego agrega “aunque no hay nada malo en sustentar y cuidar, hacerlo a expensas de sí misma puede establecer la pauta para la mala salud”[1].
El simple hecho de cuidarnos es lo suficientemente desafiante en el mundo de hoy, y el autocuidado en el contexto de las relaciones con otras personas agrega muchas otras capas de complejidad. Por eso, en un mundo que cada vez nos exige más y más, es sumamente necesario establecer límites, protegerlos y respetar los límites de los demás.
El autocuidado, el empoderamiento y la responsabilidad van de la mano. Confiar a otras personas la satisfacción de nuestras necesidades físicas, psíquicas, intelectuales y espirituales porque pensamos o sentimos que no somos capaces de hacerlo, no nos lleva a buen puerto. Responsabilidad es la capacidad de responder con habilidad, de generar las respuestas propicias, adecuadas y consecuentes con quienes somos y con la manera en que decidimos cuidar de todas y cada una de las esferas que hacen a nuestra vida.
[1] Northrup, C (2010). Cuerpo de mujer, sabiduría de mujer. Barcelona: Urano Ediciones. P. 429
Si bien es cierto que son las mujeres quienes menstrúan, también es cierto que todas y todos podemos ayudar a las niñas a vivir su menstruación:
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