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Marzo, 24 de 2026

Construir la paz, cuando el mundo elige la guerra

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Construir la paz, cuando el mundo elige la guerra

Mientras los conflictos armados se multiplican y sus víctimas se cuentan por miles, una voz desde Asunción recuerda que el amor puede más que el odio —y que la violencia no empieza en los campos de batalla.

«Que la construcción del amor pueda más que la destrucción del odio y las guerras.» — Cardenal Adalberto Martínez Flores, Arzobispo de Asunción

En un mundo donde los conflictos armados parecen haberse convertido en el ruido de fondo permanente, a veces hace falta detenerse a escuchar lo que incomoda: que la guerra no es inevitable, que la violencia tiene origen, y que ese origen está mucho más cerca de nosotros de lo que queremos reconocer.

El pasado domingo, el Cardenal Adalberto Martínez pronunció en Asunción una homilía que excedió los límites del templo. Sus palabras apuntaron a algo que nos interpela a todas y todos, creyentes o no: la descomposición no ocurre solo en los cuerpos; ocurre también en las sociedades que toleran la corrupción, normalizan el egoísmo y aprenden a convivir con la violencia.

El rostro concreto de las guerras

El Cardenal nombró lo que los titulares suelen volver estadística: miles de niños huérfanos, familias enteras derrumbadas bajo los escombros, padres y madres que cargan el peso de una pérdida que ninguna lógica geopolítica puede justificar. Lo dijo con precisión: hay un llanto que se repite en nuestro tiempo, y tiene rostros concretos.

Asia Occidental concentra hoy algunas de las crisis humanitarias más graves del planeta. Pero la violencia armada no es solo cosa de regiones lejanas: en América Latina, el crimen organizado, la violencia institucional y la impunidad estructural también producen ese mismo dolor, esa misma desolación.

 

Algunos datos del contexto global

+56 conflictos armados activos en el mundo en 2024 

+117 millones de personas desplazadas 

43% de víctimas civiles son niñas, niños y adolescentes

 

La violencia empieza antes de los disparos

Una de las ideas más potentes que se desprenden de la homilía del Cardenal es que la descomposición social no aparece de golpe. Se instala de a poco: en la corrupción que se vuelve costumbre, en el egoísmo que se disfraza de mérito, en la violencia que se normaliza como respuesta válida ante los conflictos.

«Esa descomposición no se queda en lo personal: contagia, se expande, hiere el tejido social, destruye relaciones y genera estructuras de muerte.»

Esta mirada coincide con lo que organismos de derechos humanos llevan décadas señalando: las guerras no nacen en los campos de batalla. Nacen en la concentración de poder sin control, en la desigualdad extrema, en el desprecio sistemático por la vida humana cuando esa vida pertenece a los márgenes. La paz tampoco se construye firmando acuerdos: se construye en las instituciones, en las políticas públicas, en la cultura cotidiana.

¿Puede la paz ganarle a la guerra?

El Cardenal Martínez eligió terminar con una afirmación y no con una pregunta: la construcción del amor puede más que la destrucción del odio. Es una apuesta, no una certeza estadística. Pero es también una posición política y ética frente a quienes sostienen que la violencia es la única respuesta eficaz a la violencia. La historia ofrece evidencia en ambas direcciones. Pero también muestra que los procesos de paz más duraderos no fueron los impuestos por la fuerza militar, sino los construidos desde la participación, la justicia y el reconocimiento de las víctimas. Que la reconstrucción del tejido social después de un conflicto requiere exactamente aquello que la guerra destruyó primero: confianza, instituciones, verdad.

«Estamos llamados a ayudarnos unos a otros, a acompañar, a sanar, a reconstruir el tejido humano herido y a ser instrumentos de vida en medio de tanta muerte.»

Esa convocatoria no tiene destinatario religioso exclusivo. Es una invitación a cualquier persona —y a cualquier organización— que entienda que el silencio ante la violencia es también una forma de complicidad.

Desde hace décadas, SERPAJ Paraguay trabaja por la paz entendida no como ausencia de conflicto, sino como presencia de justicia. Creemos que las guerras y la violencia estructural tienen causas identificables y, por tanto, tienen también soluciones posibles. Denunciar la corrupción, acompañar a las comunidades afectadas por el crimen organizado, exigir políticas públicas que protejan la vida y fortalecer la participación ciudadana son, para nosotros, formas concretas de construir paz. No desde la resignación, sino desde la convicción de que otro mundo —más justo, menos violento— es posible y necesario.

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Una organización de DD.HH. que nace como propuesta de trabajo por la paz, contra la injusticia social desde la no-violencia activa.

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